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LOS DONES DEL ESPIRITU SANTO

Don De Fortaleza

La fortaleza es la virtud que nos asegura contra el temor de las dificultades, de los peligros y de los trabajos que se presentan en la ejecución, de nuestras empresas.

Todo esto lo hace admirablemente el don de fortaleza; pues es una disposición habitual que el Espíritu Santo pone, en el alma y en el cuerpo para hacer y sufrir cosas extraordinarias, para acometer las obras más difíciles, para exponerse a los más espantosos peligros y para soportar los trabajos más rudos y las penas más amargas. Y todo ello constantemente y de una manera heroica.

Este don es muy necesario en determinadas ocasiones: cuando se es combatido por grandes tentaciones, para resistir a las cuales es preciso estar dispuesto a perder las bienes, el honor o la vida. Entonces el Espíritu Santo asiste poderosamente al alma fiel con el don de, consejo y de fortaleza; porque no fiándose de ella misma y convencida de su debilidad y de su nada, implora su socorro y pone en El toda su confianza.

No bastan en estas ocasiones las gracias comunes; hacen falta luces y fuerzas extraordinarias; por eso une el Profeta el don de consejo y el de fortaleza: el uno ilumina el espíritu y el otro fortalece el corazón. Tenemos mucha necesidad de este don por la dificultad de ciertos empleos en que la obediencia puede colocarnos. Hay que convencerse de que por un solo acto de generosidad cristiana, merece uno mucho más delante de Dios que por todo el resto de su vida aunque sea muy larga. Lo mismo que si una persona, al entrar en religión, diera de un golpe todos sus bienes a los pobres, merece tanto como si, permaneciendo en el mundo, hiciera varias limosnas en diversos tiempos. ¿Y qué sabemos nosotros el tiempo que viviremos después y el estado en que estaremos para morir? ;,¿Qué seria ahora de Origenes y Tertuliano si antes de su caída, permaneciendo fieles a Jesucristo hubiesen tenido la ocasión de morir por El?

Hay tres clases de buena muerte: primera, morir al servicio de los apestados; segunda, morir en misiones extranjeras, sea a manos de los infieles, o por el exceso de trabajo o por cualquier accidente relacionado con el ejercicio de su celo; tercera, dar la vida por su rebaño, como pueden hacerlo los Obispos, los párrocos y los Superiores. No puede calcularse la cantidad de gracias que atrae sobre los demás la virtud de los que así se exponen.

El don de fortaleza, en lo que se refiere a los cuerpos, hace capaces a los que Dios se lo comunica de una energía milagrosa: como David, Sanson y otros del Antiguo Testamento. Se observa en la vida de los santos, que algunos, como Santo Domingo, Santa Catalina de Siena y el P. González Silveira pudieron hacer con este don mortificaciones asombrosas y que estaban muy por encima de las fuerzas naturales. Pero la función principal del don de fortaleza se dirige al espíritu, desterrando todos los temores humanos y poniendo en la voluntad y en el instinto una divina firmeza que hace al alma intrépida.

Por este espíritu de fortaleza, pudo nuestro Señor en Getsemaní, sobreponerse al temor de su pasión y de su muerte y, abrasado de celo, decir a los Apóstoles al salir de la oración: «Levantaos y vamos de aquí, que ya llega el que me ha de entregar» (1).

Este espíritu es el que hace que los santos no teman ningún peligro cuando se trata de cumplir los designios de Dios y de procurar su gloria. San Juan Crisóstomo no temía más que al pecado. Un día la Emperatriz Eudosia quiso enterarse de qué era lo que el más temía, intentando aprovechar ese temor para someterlo a su deseo. Pero se encontró con que el santo Obispo no temía ni la cárcel ni el destierro ni la muerte: sólo temía ofender a Dios.

Animado por este espíritu, desafiaba San Francisco Javier a los ejércitos infieles, las tempestades, los naufragios y la muerte, como se vio principalmente en su viaje al Japón, que hizo en el pequeño y mal barco de un pirata idólatra, donde el demonio era adorado, y se le presentaba algunas veces para asustarle, diciéndole que le haría sentir los efectos de su venganza mas el santo se burlaba de todas sus amenazas y confiaba enteramente en Dios. En una de sus cartas dice que: «el remedio mas seguro en estas ocasiones es confiar en Dios y no temer nada,; y el mayor mal que nos puede suceder es temer a, los enemigos de Dios cuando luchamos por la, causa de Dios».

Para adelantar en la perfección y ser capaces de hacer grandes cosas, debemos ser espléndidos y valientes en el servicio de Dios

Sin el don de fortaleza, no pueden hacer muchos ni notables progresos en la vida espiritual. La mortificación y la oración, que son sus principales ejercicios, exigen la generosa determinación de, pasar por alto todas las dificultades que se encuentran en la vía del espíritu y que son tan contrarias a nuestras inclinaciones naturales. Decía Santa Teresa que «el alma que practicaba la oracion con firme resolución de no dejarla nunca, había hecho ya la mitad del camino,» (1)

Los mártires están en primera fila entre los héroes del Cristianismo, porque la fuerza se demuestra más en el sufrimiento, que en la acción. En la acción, la naturaleza encuentra alivio y es como la dueña; en el sufrimiento todo es contrario a la naturaleza. Por lo tanto, el sufrimiento es mucho más heroico y difícil que la acción.

A los santos mártires debe la Iglesia su propagación por toda la tierra y la reducción del Imperio Romano a la fe. Se les pone la palma en la mano como señal de su fortaleza y de su victoria. Algunos atribuyen a este don la fuerza que algunas veces da Dios a la palabra de los santos para convencer los entendimientos y mover los corazones; pero se equivocan: éste es otro don particular, llamado «gratia sermonis», gracia de la palabra; gracia gratuita, dada por el bien del prójimo y no por la utilidad de los que la reciben. Algunas veces los obreros evangélicos que, poseen esta gracia, aunque pronuncien discursos sencillos y poco pulidos, no dejan de hacer maravillosa impresión en las almas. Así lo hacían los apóstoles, San Vicente Ferrer, San Ignacio, San Francisco Javier. El vicio opuesto al don de fortaleza es la timidez o temor humano, y una cierta cobardía natural que nace de nuestro amor propio y de la afición a las comodidades, que son las que nos detienen en nuestras empresas y hacen que huyamos a la vista de las humillaciones y de la amargura.

Nada es tan perjudicial para la vida del espíritu como el temor que excita el demonio por me- dio de mil respetos humanos, que es preciso resistir generosamente. De este modo ha hecho caer u varios grandes personajes y ha derrumbado, si podemos emplear este término, algunas columnas de la Iglesia: como al famoso Osio, Obispo de Córdoba, que habiendo presidido como delegado papal el Concilio de Nicea y luchado contra los Arrianos durante mucho tiempo y con tanto celo por la fe, ganando tantas victorias a estos herejes, enemigos del Hijo de Dios, fue al fin vencido por el temor y firmó la condena de, San Atanasio.

No es posible decir todo el mal que hace el respeto humano.
A algunos le gustaria hablar de cosas espirituales, guardar la regla del silencio u otra cualquiera, o hacer algún acto de mortificación, pero sin embargo, si se encuentran con este o con el otro, no tienen valor para llevar a la práctica su buena resolución, aunque sepan que después tendrán pena de no haberla cumplido. Aquí tenemos de, un lado nuestra regla y los intereses de Dios, y del otro la consideración de otra persona y el temor de desagradarla. Pesadas estas dos consideraciones, nos quedamos con la ultima, ¡Qué infidelidad y qué dejadez! Y esto es lo que hacemos todos los días. Puede haber nada que mejor señale nuestra poca virtud y el gran imperio que el respeto humano ejerce sobre nosotros? Por esto, Dios nos abandona y retira sus gracias, y después caemos insensiblemente en grandes miserias.

Así como el don de consejo acompaña al de, fortaleza y lo dirige ayudándonos a emprender grandes cosas, así la prudencia humana y la timidez se hacen Compañia y mutuamente se ayudan insinuando razones para justificarse.

Los que se dejan guiar por la prudencia humana son excesivamente tímidos. Este defecto es muy frecuente en los Superiores, y hace que por miedo a cometer faltas, no hagan más que la mitad del bien que deberían hacer. Mil temores nos detienen en todo momento y nos impiden avanzar en los caminos de Dios, quitándonos la oportunidad de hacer todo el bien que podríamos si, siguiésemos las luces del don de consejo y tuviésemos todo el valor que nos da el don de fortaleza; pero tenemos demasiados miramientos humano, y todo nos da miedo. Tememos que un empleo que la obediencia nos quiere dar, no nos resulte bien, y este temor hace que lo rehusemos. Por aprensión de gastar nuestra salud, nos limitamos a un pequeño y cómodo empleo, sin que puedan vencer esas vanas aprensiones ni el celo ni la obediencia. Somos cobardes para las penitencias corporales y esta cobardía hace, que las evitemos demasiado. Es imposible calcular de cuántas omisiones es culpable este apocamiento. Son muy pocas las personas que hagan por Dios y por el prójimo todo lo que pueden. Hay que imitar a los santos, no temer más que el pecado, como San Juan Crisóstomo, afrontar los peligros, como San Francisco Javier, y desear las afrentas y las persecuciones, como San Ignacio. Pertenece al don de fortaleza la cuarta bienaventuranza: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia,» (1). Porque una persona animada por la fuerza del Espíritu Santo, desea insaciablemente hacer y sufrir grandes cosas.

La longanimidad y la paciencia son los frutos de este don. La primera, para no aburrirse ni cansarse en la espera y en la práctica del bien, y la segunda, para no cansarse ni aburrirse en el sufrimiento del mal.

 

 

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