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LOS DONES DEL ESPIRITU SANTO

Don de Sabiduría.

Se define la sabiduría como la ciencia adquirida por los primeros principios: «el nombre de sabiduría viene de sabor; como el gusto sirve para conocer el sabor de los alimentos – dice San Isidoro, –lo mismo la sabiduría, es decir, el conocimiento que se tiene de las criaturas por el primer principio, y de las causas segundas por la causa primera, es una regla segura para juzgar bien de cada cosa» (1).

El don de sabiduría es un conocimiento sabroso da Dios, de sus atributos y de sus misterios, como infinitamente adorables y amables. De este conocimiento resulta un sabor delicioso, del que a veces participa aun el cuerpo, y que es más o menos grande según el grado de perfección y de pureza en que se encuentre el alma..
San Francisco estaba tan lleno de este gusto de la sabiduría, que cuando pronunciaba el nombre de Dios o de Jesús, sentía en su boca y en sus labios un sabor mil veces más dulce que la miel y el azúcar.
Al don de sabiduría pertenecen las dulzuras, los consuelos espirituales y las gracias sensibles Son los efectos de este don, mas cuando no llegan sino a la parte inferior, pueden venir del demonio, sobre todo en las almas que todavía no están del todo purificadas.

Hay esta diferencia entre la sabiduría y la ciencia. que ésta no produce generalmente el gusto espiritual que aquélla hace sentir al alma; y la razón es, porque la ciencia no mira más que a las criaturas, aunque sea con relación a Dios, en cambio a sabiduría mira a Dios, cuyo conocimiento está lleno de atractivos y de dulzura.
Todo esto proviene de la caridad, cuya perfección, o sea el fervor, es la salud del alma; pues cuando el alma está de una vez bien curada de sus enfermedades y languidece, cuando está ya completamente sana, saborear a Dios y las cosas divinas como sus propios bienes, sin sentir las repugnancias, ni los disgustos, ni la dificultades que sentía antes por su insuficiente te preparación.

Este gusto de la sabiduría es a veces tan perfecto que una persona que lo tuviese, al oír dos proposiciones, una formada por la razón y otra inspirada por Dios, podrá discernir entre ellas al momento, conociendo la que viene de Dios por una como cierta relación natural que tiene con su objeto: «par quamdam, objecti conneturalitaitem», dice Santo Tomás (2) ; de la misma manera, poco más o menos, que uno que come azúcar distingue fácilmente su sabor del de otras cosas dulces; o como El enfermo conoce los síntomas de su enfermedad por la experiencia y sentimiento que tiene, tanto o mejor que el médico por su ciencia. Al principio las cosas divinas son insípidas y cuesta trabajo saborearlas; pero después se nos hacen dulces y tan sabrosas que se paladean con placer, hasta llegar muchas veces a no sentir sino desagrado por todo lo demás. Y por el contrario, las cosas de la tierra que halagan los sentidos, son al principio agradables y deliciosas, pero al final no se halla en ellas más que amargura.
Un alma que por la mortificación se ha curado bien de sus pasiones, y que por la pureza de corazón consigue una perfecta salud, entra en admirables conocimientos de Dios y descubre cosas tan grandes que, en esos momentos, ya no puede hacer uso de los sentidos. De aquí proceden los arrobos y los éxtasis, que revelan, sin embargo, alguna imperfección en las almas que los experimentan, como no estar completamente purificados o acostumbrados a estas gracias extraordinarias.

Porque a medida que un alma se va purificando, el espíritu va haciéndose cada vez más fuerte y más capaz de soportar las operaciones divinas sin emoción ni suspensión de los sentidos, como hacía Nuestro Señor, la Santísima Virgen, los Apóstoles y algunos otros santos, que tenían siempre el espíritu ocupado con los conocimientos más sublimes con transporte a internos maravillosos, pero sin que apareciese nada al exterior por medio de arrobamientos y éxtasis. Así como se encuentran personas tan malas que parece que no sienten gusto más que en el mal y hacen el mal con jactancia y por el solo placer de hacer el mal, lo que es el como de la iniquidad y el verdadero carácter de la locura, según San Bernardo (l), lo mismo hay almas tan buenas que no encuentran sabor más que en el bien y no obran en todas cosas por ninguna otra consideración que por hacer el bien. El bien y sólo el bien es el atractivo que las lleva a hacer el bien.
Este es el efecto propio de la sabiduría, que llena de tal manera el alma del gusto del bien y del amor a la virtud, que por todo lo demás sólo siente desagrado. El gusto del bien le es como natural. San Bernardo expone admirablemente esta doctrina en uno de sus sermones sobre el Cantar de los Cantares: «La sabiduría es el amor a la virtud, no es otra cosa que el sabor del bien; cuando entra en un alma vence la malicia y destierra al sabor del mal que ella había introducido, llenando el alma de las delicias que el bien lleva siempre consigo. Cuando entra en el alma, modera los sentimientos de la carne, purifica el entendimiento, cura el gusto corrompido del corazón, da al alma la perfecta salud que la pone en disposición de paladear el sabor del bien y el de la sabiduría misma, que es de todos los bienes el más excelente y dulce» (3).

El vicio opuesto a la sabiduría es la locura; se forma en el alma proporcionalmente como la sabiduría, pero por principios contrarías. La sabiduría lo refiere todo al último fin, que en materia de moral se llama «altissima causa», la suprema y primera causa. Esto es lo que busca, sigue y gusta en todas las cosas. Lo juzga todo con relación a este elevado fin. La locura en cambio tiene por fin y por principio, «pro altissima causa», o el placer a algún otro bien temporal, no encontrando satisfacción más que en esto, refiriéndolo todo a lo mismo, no buscando ni estimando más que esto y despreciando todo lo demás. Dice San Isidoro, que «el loco y el sabio son opuestos, en cuanto que éste tiene el gusto y el sentido de la discreción que le falta e aquél» (4).

Lo que hace –como señala Santo Tomás – que el uno juzgue bien de las cosas en lo que se refiere a su conducta, porque juzga con relación al primer principio y al último fin, y que el otro juzgue mal porque no toma esta elevada causa como regla de sus sentimientos y de sus acciones (5).
El mundo está lleno de esta clase de locura, y el Sabio nos asegura que «el numero de los necios es infinito». En efecto, la mayor parte de los hombres tienen el gusto depravado y puede llamárseles, con mucha razón, necios, puesto que obran como ellos, poniendo su último fin por lo menos en la práctica, en la criatura y no en Dios. Cada uno tiene una manía por la que se apasiona y a la que todo lo refiere, sin sentir afecto ni pasión más que por esta idea, lo cual es estar loco de remate. Si queremos conocer si somos del número de los sabios o de los locos, examinemos nuestros gustos y nuestras repugnancias, ya sea hacia Dios y las cosas divinas o del lado de las criaturas y las cosas de la tierra. ¿De dónde brotan nuestras satisfacciones y nuestros contratiempos? y En qué encuentra reposo y contento nuestro corazón? Esta clase de examen es un medio excelente para adquirir la pureza de corazón. Debíamos hacérnoslo familiar, examinando con frecuencia durante el día nuestras inclinaciones y tratando de dirigirlas poco a poco hacia Dios.

Hay tres clases de sabiduría reprobadas por la Sagrada Escritura y que son verdaderas necedades: Primera, sabiduría terrena: cuando no se saborea más que las riquezas; segunda, sabiduría animali: cuando se saborean únicamente, los placeres del cuerpo; y tercera, sabiduría diabólica: cuando no se encuentra gusto más que en la propia excelencia. Hay solamente una locura que es ante Dios una verdadera sabiduría. Amar la pobreza, los desprecios, la cruz, las persecuciones. Esto es ser loco según el mundo. Y sin embargo, la sabiduría, que es un don del Espíritu Santo, no es otra cosa que esta divina locura que no ama más que lo que nuestro Señor y los santos han amado. Nuestro Señor Jesucristo dejó en todo lo que tocó durante su vida mortal – la pobreza, la abyección, la cruz – un suave olor y un gusto delicioso; pero son pocas las almas cuyos sentidos estén suficientemente limpios como para sentir este olor y paladear este sabor tan sobrenatural. Los santos han corrido tras el olor de estos perfumes: un San Ignacio, que tenía todas sus delicias cuando se, burlaban de él; un San Francisco, que amaba con tal pasión el desprecio que hacia cosas por quedar en ridículo; un Santo Domingo, a quien le gustaba más estar en Carcassonne, donde generalmente me mofaban de él, que en Toulouse donde era respetado por todo el mundo. ¿Qué agrado sentirían con los placeres de la vida y con las grandezas del mundo Nuestro Señor, la Santísima Virgen y los Apóstoles? Dijo Jesucristo : «Mi alimento es hacer La voluntad del que me ha enviado» (l). «Los Apóstoles salían llenos de alegría de le asamblea del Consejo porque habían, sido dignos de sufrir oprobios por el nombre da Jesucristo» (6). Y San Pablo dice : «Estoy lleno de gozo en medio de mía sufrimientos» (7). Pensar que Nuestro Señor nos podía rescatar sin sufrir y merecernos todo lo que nos mereció sin morir en una muerte tan infame como la de cruz, y que, no obstante, escogió la muerte de era para nuestra salvación, es una locura según la razón humana; pero «lo que en Dios parece locura, es más prudente que la sabidurías de todos los hombres» (8). Qué diferentes son de los de Dios los juicios de los hombres. La sabiduría divina es una locura según el parecer del mundo, y la sabiduría humana en una locura según el juicio de Dios. En nosotros está el ver con cuál de estos dos juicios queremos conformar el nuestro. Es preciso tomar uno u otro como regla de nuestras acciones.

Si saboreamos los honores y las alabanzas, somos locos en esta materia, y cuanto más nos guste la estimación y la fama, mayor será nuestra locura. Así como opuestamente, a mayor afecto por la humillación y por la cruz, mayor será nuestra sabiduría. Es monstruoso que, incluso en la Religión, se encuentren personas a las que no les guste nada más que lo que las eleva a los ojos de los hombres y que todo lo que han hecho durante sus veinte o treinta años de vida religiosa haya sido únicamente por este fin que ambicionan; pudiendo decirse que no tienen alegrías ni tristezas que no se relacionen con esto o que, por lo menos, son más sensibles a ello que a todo lo demás. Todo lo demás que se refiere a Dios o a la perfección, les parece insípido y no le encuentran gusto.

Este estado es terrible y merece ser llorado con lágrimas de sangre: pues, ¿de qué perfección son capaces estos religiosos y qué provecho pueden hacer al prójimo? ¿Qué confusión sentirán a la hora de la muerte cuando se den cuenta de que durante toda su vida no han gustado ni buscado más que lo que halaga la vanidad, como hacen los mundanos. Cuando estas personas están tristes, a una sola palabra de esperanza que se les diga sobre su engrandecimiento, aunque falso, las veremos cambiar de aspecto y su corazón se desbordará de alegría como si fuese una noticia muy importante. Por lo demás, como no tienen el gusto de la devoción, tratan a las prácticas espirituales como bagatelas y cosas divertidas para espíritus débiles; y no sólo se conducen ellos por estos principios erróneos de la sabiduría mundana y diabólica, sino que también comunican sus sentimientos a los demás, enseñándoles máximas del todo contrarías a las de Nuestro Señor y a las del Evangelio, cuyo rigor tratan de mitigar con interpretaciones forzadas y conformes a las inclinaciones de la naturaleza corrompida, fundándose en pasajes mal entendidos de la Sagrada Escritura y sobre los cuales edifican su ruina. Ejemplo : «Curam habe de bono nomine», tened cuidado de vuestra reputación : «Corporalis exercitatio ad modicum valet», los ejercicios del cuerpo valen muy poco ; «Ratioeabile obsequiam vestrum», es necesario que el servicio que prestas a Dios sea razonable, etc. La bienaventuranza que corresponde al don de sabiduría es la séptima : «Bienaventurados los pacíficos» (9): ya sea porque la sabiduría todo lo ordena según Dios y porque la paz consiste en este perfecto orden (10), ya sea porque la sabiduría nos hace como insensibles a todo lo que puede turbar el corazón. Si a una persona que posea este don, se le dicen injurias, ella no se inquieta, e incluso, ni siquiera se da por enterada; como los que están locos de locura natural, son insensibles a las ofensas y a las cosas que más pueden molestar porque les falta el juicio y la razón (11), lo mismo los que son sabios can la sabiduría sobrenatural, no sienten el mal trato que pueda dárseles ni se conmueven por ninguna cosa humana; y esto, no por estupidez, sino por una razón superior: acostumbrados a no gustar más que el soberano bien, no son ya capaces de saborear ni los bienes oí los males de la tierra. El fruto del Espíritu Santo que corresponde al don de sabiduría, es el de la fe; porque gustando el alma las cosas divinas, las cree con mayor firmeza, y teniendo de ellas un conocimiento como experimental, llega a verlas con una especie de evidencia.

NOTAS (1)
Sapiente dictus est sapore, quia sicut gustas est aptus ad disr.retionem scporis ciborum, sic sapiens ad dignoscen. .tiom rerum atque causarum. Isidor. Etym., IX vº Sapiens. (2) «Stultitia est sapor mali», Ber. Serm., 85 in Cant.
 (2) «Sapientio est amor eirtutis... Sapieetia est sopor boni... Vincit malitiam sapientiu in mentibus ad quos in, treeerit, saporem molí quem illa inwenerit sapore ester nainons meliori. lntrcns scpientia dum sensum carnis inca tuat, purificct intellectum cordis, palatum, aenat et repe r'. Sano palato jan sapit bonum. Scpit ipsa Sapientia qm in bonis nullum melius». Idem, ib.
 (3) aInsipiens est contrarías sapienti eo auod sine separe est discretionis et sensus», Isid. Ktym., I. X. Vº Sapiens.
(4) «Stultus dicitur ex hoc quod perderse judicat circo communem eitae rationem, et ideo opponitur sapientiae quae /acit recfum judicium, circa unieersalem causam. Fatídicas excludit tontum uwm rationis et est purae nega-tionis: stultitia autem est quid positivum et praeae dwpo-.sitionis». Estos dos textos, que se encuentran en la edición de 1694, expresan el pensamiento de Santo Tomás (Ila. Ilae. Q. XLVI), pero no expresan exctamente los términos de la Summa. El P. Lallemant ha podido resumir así la enseñanza da la Cuestión 46, para apoyar la supa.
(5) Cibus meus est ut faciom voluntatem, ejus qm misit me. Joan., VE, 34. (6) lbant Apostoli gaudentes c conspectu concilii quo-aiom digni habiti su@t pro nomine Jesu contumeliam pcfi. Act., V, 41. (7) Supenabundo gaudio in ama Cribulafione nostra. '$1 Cor., VII, 4. (8) Quod stultum est Dei sapientius est hominibus. I Cer., l, 25. (9) Beati pacifici. Math., V, 9.
 (10 «Pax est tranguillitas ordinisa, S. Aug. De eivit. Dei : Lib. XIK, eap. XIII, L (11) «Stultus est qui propter stuporem non noveCur», asid. I, Etym.

 

 

 

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