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LOS FRUTOS DEL ESPIRITU SANTO

Articulo I. De la naturaleza de los frutos Espíritu Santo.

 Cuando con fervor se ha ejercitado uno largo tiempo en la práctica de las virtudes, adquiere facilidad para cumplir sus actos. Ya no se sienten las repugnancias que se sentían al principio No es preciso combatir ni hacerse violencia hace con gusto lo que antes se hacía con sacrificio. Les sucede a las virtudes lo mismo que a los árboles: los frutos de éstos, cuando están maduros, ya no son agrios, sino dulces y de agradable sabor; lo mismo los actos de las virtudes, cuando han llegado a su madurez, se hacen con agrado y se les encuentra un gusto delicioso. Entonces estos actos de virtud inspirados por el Espíritu Santo se llaman frutos ~ el Espíritu Santo, y ciertas virtudes los producen con tal perfección y tal suavidad que a esos estos se los llama bienaventuranzas, porque hacen que Dios posea al alma planamente.
Pues cuanto más se apodera Dios de un alma más la santifica ; y cuanto más santa sea, más cerca está de la felicidad, que es donde, estando ya la naturaleza como curada de su corrupción, se poseen las virtudes como naturalmente. Los que tienden a la perfección por el camino de prácticas y actos metódicos, sin abandonarse enteramente a la dirección del Espíritu Santo, no alcanzarán nunca esta dulzura esta como especie de madurez sin la virtud : sienten siempre dificultades y repugnancias : combaten continuamente y a veces son vencidos y cometen faltas. En cambio, los que orientados por el Espíritu Santo van por el camino del simple recogimiento, practican el bien con un fervor y una alegría digna del Espíritu Santo, y sin lucha, obtienen gloriosas victorias, o si es necesario luchar, lo hacen con gusto.

De lo que se sigue, que las almas tibias tienen doble dificultad en la práctica de la virtud que las fervorosas que se entregan de buena gana y sin reserva : porque éstas tienen la alegría del Espíritu Santo que todo se lo hace fácil, y aquéllas tienen pasiones que combatir y sienten las debilidades de la naturaleza que impiden las dulzuras de la virtud y hacen los actos difíciles e imperfectos. La comunión frecuente es un excelente medio para perfeccionar en nosotros las virtudes y adquirir los frutos del Espíritu Santo ; porque nuestro Señor, al unir su Cuerpo al nuestro y su Alma a la nuestra, quema y consume en nosotros las semillas de los vicios y nos comunica poco a poco sus divinas perfecciones, según nuestra disposición y como le dejemos obrar, por ejemplo: encuentra en nosotros el recuerdo de un disgusto, que aunque ya pasó, ha dejado en nuestro espíritu y en nuestro corazón una impresión, que queda como simiente de pesar y cuyos efectos sentimos en muchas ocasiones. ¿Qué hace nuestro Señor? Borra el recuerdo y la imagen de ese descontento ; destruye la impresión que se había grabado en nuestras potencias y ahoga completamente esta semilla de pecados, poniendo en su lugar los frutos de caridad, de gozo, de paz y de paciencia. Arranca de la misma manera las raíces de cólera, de intemperancia y de los demás defectos, comunicándonos las virtudes y sus frutos.

Artículo II: - De los frutos de caridad, de gozo y de paz.

 Los tres primeros frutos del Espíritu Santo son la caridad, el gozo y la paz, que pertenecen especialmente al Espíritu Santo : la caridad, porque es el amor del Padre y del Hijo ; el gozo, porque está presente al Padre y al Hijo y es como el complemento de su bienaventuranza ; y la paz, porque es el lazo que une al Padre y al Hijo.
Estos tres frutos están unidos y se derivan naturalmente uno del otro. La caridad o el amor ferviente nos da la posesión de Dios; el gozo nace de la posesión de Dios, que no es otra cosa que el reposo y el contento que se encuentra en el goce del bien poseído. La paz que, según San Agustín; es la tranquilidad en el orden, - Mantiene al alma en la posesión de la alegría contra toda lo que es opuesto. La caridad excluye todas las demás alegrías; la paz, toda clase de turbación y de temor.

La caridad es el primero entre los frutos del Espíritu Santo, porque es el que más se parece al Espíritu Santo, que es el amor personal, y por consiguiente el que más nos acerca a la verdadera y eterna felicidad y el que nos da un goce más sólido y una paz más profunda. Dad a un hombre el imperio del universo con la autoridad más absoluta que sea posible; haced que posea todas las riquezas, todos los honores, todos los placeres que se puedan desear; dadle la sabiduría más completa que se pueda imaginar; que sea otro Salomón y más que Salomón, que no ignore nada de toda lo que una inteligencia pueda saber; añadidle el poder de hacer milagros: que detenga al sol, que divida los mares, que resucite los muertos, que participe del poder de Dios en grado tan eminente como queráis ; que tenga además el don de profecía, de discernimiento de espíritus y el conocimiento interior de los corazones. Y yo os digo, que al menor grado de santidad que pueda tener este hombre, el menor acto de caridad que haga, valdrá mucho más que todo eso, porque lo acercan al Supremo bien y le dan una personalidad más excelente que todas esas otras ventajas si las tuviera; y esto, por dos razones.

 La primera, porque participar de la santidad de Dios, es participar de todo lo más importante, pos decirlo así, que hay en Él. Los demás atributos de Dios, como la ciencia, el poder, pueden ser comunicados a los hombres de tal manera que les sean naturales ; únicamente la santidad no puede serles nunca natural.

 La segunda, porque la santidad y la felicidad son como dos hermanas inseparables, y porque Dios no se da ni se une más que a las almas santas, y no a las que sin poseer la santidad, posean la ciencia, el poder y todas las demás perfecciones imaginables.
Por lo tanto, el grado más pequeño de santidad o la menor acción que la aumente, es preferible, a los cetros y coronas. De lo que se deduce que perdiendo cada día tantas ocasiones de hacer actos sobrenaturales, perdemos incontables felicidades, casi imposibles de reparar.

No podemos encontrar en las criaturas el gozo y la paz, que son frutos del Espíritu Santo, por dos razones.
Primera: porque únicamente la posesión de Dios nos afianza contra las turbaciones y temores, mientras que la posesión de las criaturas causa mil inquietudes y mil preocupaciones. Quien posee a Dios no se inquieta por nada, porque Dios lo es todo para él, y todo lo demás no es nada.

Segunda : porque ninguno de los bienes terrenos nos puede satisfacer ni contentar plenamente. Vaciad el mar, y a continuación, echad en él una gota de agua : ¿llenaría este vacío inmenso? Aunque Dios hiciera una infinidad de criaturas cada vez más perfectas, no podrían todas juntas llenar nuestra alma ; le quedaría siempre un vacío que sólo Dios puede llenar. La paz hace que Dios reine en el alma y que solamente Él sea el dueño y es la que mantiene al alma en la perfecta dependencia de Dios. Por la gracia santificante, Dios se hace en el alma como una fortaleza donde se atrinchera. Por la paz, como que ataca y se apodera de todas las facultades, fortificándolas tan poderosamente que las criaturas ya no pueden llegar a turbarlas. Dios ocupa todo el interior. Por eso los santos están tan unidos a Dios lo mismo en la oración que en la acción y los acontecimientos más desagradables no consiguen turbarlos.

Articulo III. De los frutos de paciencia y mansedumbre.

 Los frutos anteriores disponen al alma a los de paciencia, mansedumbre y moderación. Es propio de la virtud de la paciencia moderar los excesos de la tristeza, y de la virtud de la mansedumbre moderar los arrebatos de cólera, que se levanta impetuosa para rechazar el mal presente. Estas dos virtudes combaten, pero no alcanzan la victoria sino a costa de violentos esfuerzos y grandes sacrificios; mas la paciencia y la mansedumbre, que son frutos del Espíritu Santo, apartan a sus enemigos sin combate, o si llegan a combatir, es sin dificultad y con gusto.

La paciencia ve con alegría todo aquello que puede causar tristeza. Así los mártires se regocijaban con la noticia de las persecuciones y a la vista de los suplicios. Cuando la paz está bien asentada en el corazón, no le cuesta a la mansedumbre reprimir los movimientos de cólera; el alma sigue en la misma postura, sin perder nunca su tranquilidad. Porque al tomar el Espíritu Santo posesión de todas sus facultades y residir en ellas, aleja la tristeza o no permite que le haga impresión ; y hasta el mismo demonio teme a esta alma y no se atreve a acercársele.

Artículo IV: - de los frutos de bondad y benignidad

 Estos dos frutos miran al bien del prójimo. La bondad y la inclinación que lleva a ocuparse de los demás y a que participen de lo que uno tiene. No tenemos en nuestro idioma la palabra que la palabra benignidad, se usa únicamente para, significar dulzura; y esta clase de dulzura consiste en, manejar los demás con gusto, cordialmente, con alegría, sin sentir la dificultad que siente los que tienen la benignidad sólo en calidad de virtud y no como fruto del Espíritu Santo.

artículo V. Del fruto de longanimidad.

 La longanimidad o perseverancia impide el aburrimiento y la pena que provienen precisamente del deseo del bien que se espera, o de la lentitud y duración del bien que se hace, o del mal que se sufre y no de la grandeza de la cosa misma o de las demás circunstancias. La longanimidad hace, par ejemplo, que al final de un año consagrado a la virtud seamos más fervorosos que al principio.

Artículo VI: Del fruto de la f e.

 La fe como fruto del Espíritu Santo, es cierta facilidad para aceptar todo lo que hay que creer, firmeza para afianzarnos en ello, seguridad de la verdad que creemos sin sentir repugnancias ni dudas, ni esas oscuridades y terquedades que sentimos naturalmente respecto a las materias de la fe.
Para esto debemos tener en la voluntad un piadoso afecto que incline al entendimiento a creer, sin vacilar, lo que se propone. Por no poseer este piadoso efecto, los judíos, aunque convencidos por los milagros de Nuestro Señor, no creyeron en Él, porque tenían el entendimiento oscurecido y cegado por la malicia de su voluntad. Lo que sucedió a los judíos, respecto a la esencia de la fe, nos sucede con frecuencia a nosotros en la tocante a la perfección de la fe, es decir, de las cosas que la pueden perfeccionar y que son la consecuencia de las verdades que nos hace creer.
Coma por ejemplo, nos dice que Nuestro Señor es a la vez Dios y Hombre, y lo creemos. Si de aquí sacamos la conclusión de que debemos amarlo sobre todas las cosas, visitarlo a menudo en la santa Eucaristía, prepararnos para recibirlo y hacer de todo esto el principio de nuestros deberes y el remedio de nuestras necesidades, entonces vacilamos y nuestra voluntad está en pugna prácticamente con la creencia del entendimiento. Si estuviera de acuerdo, creceríamos sin cesar en la fe en los misterios de Nuestro Señor. Pero ahogamos con nuestros vicios este piadoso afecto, tan necesario para llegar a la perfección de la fe. Si nuestra voluntad estuviese verdaderamente ganada por Dios, tendríamos una fe profunda y perfecta.
Algunos entienden por la palabra fides, la fidelidad, la constancia en mantener las promesas hechas; otros, la facilidad para creer todo lo que se refiere a las cosas humanas, sin, dejarse llevar por desconfianzas mal fundadas, por sospechas y juicios temerarios.

Articulo VII: De los frutos de modestia, de templanza y de castidad.

 La modestia es bastante conocida como virtud. Regula los movimientos del cuerpo, los gestos y las palabras. Como fruto del Espíritu Santo, todo esto lo hace sin trabajo y como naturalmente; y además dispone todos los movimientos interiores del alma, como en la presencia de Dios. Nuestra espíritu, ligero e inquieto, está siempre revoloteando par todos loa lados, apegándose a toda clase de objetos y charlando sin cesar. La modestia la detiene, lo modera y deja al alma en una profunda paz, que la dispone para ser la mansión y el reino de Dios: el don de presencia de Dios
sigue rápidamente al fruto de modestia; y ésta es, respecto a aquélla, lo que era el rocío respecto al maná. La presencia de Dios es una gran luz que hace al alma verse delante de Dios y darse cuenta de todos sus movimientos interiores y de todo lo que pasa en ella con más claridad que vemos los colores a la luz del mediodía.
La modestia nos es completamente necesaria, porque la inmodestia, que en sí parece poca cosa, no obstante es muy considerable en sus consecuencias y no es pequeña señal en un espíritu poco religioso.

Las virtudes de templanza y castidad atañen a los placeres del cuerpo, reprimiendo los ilícitos y moderando los permitidos : aquélla refrena la des: ordenada afición de comer y de beber, impidiendo los excesos que pudieran cometerse; ésta regula o cercena el uso de los placeres de la carne.
Mas los frutos de templanza y castidad desprenden de tal manera al alma del amor a su cuerpo, que ya casi no siente tentaciones y lo mantienen sin trabajo en perfecta sumisión.



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