Liturgia Católica
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Tercera parte de la Introducción
a la vida devota
CAPITULO VIII
DE LA AMABILIDAD PARA CON EL PRÓJIMO Y DE LOS REMEDIOS
CONTRA LA IRA
Él santo Crisma, que, por tradición
apostólica, emplea la Iglesia en las confirmaciones y bendiciones, está
compuesto de aceite de olivo mezclado con bálsamo, y representa las dos
virtudes más apreciadas que resplandecen en la sagrada persona de
Nuestro Señor, y que Él nos recomendó singularmente, como si, por ellas,
nuestro corazón hubiese de estar especialmente consagrado a su servicio
y aplicado a su imitación: «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de
corazón». La humildad nos perfecciona con respecto a Dios, y la
amabilidad con respecto al prójimo. El bálsamo, que, como he dicho,
queda siempre debajo de todos los demás licores, representa la humildad,
y el aceite de oliva, que siempre queda encima, representa la dulzura y
la benignidad, que sobrepuja todas las cosas y predomina entre las demás
virtudes, como flor que es de la caridad, la cual, según San Bernardo,
es perfecta cuando no sólo es paciente, sino también amorosa y benigna.
Pero procura , Filotea, que este crisma místico, compuesto de amabilidad
y de humildad, esté dentro de tu corazón; porque es uno de los grandes
artificios del enemigo hacer que muchos se complazcan en las palabras y
en los modales exteriores de estas dos virtudes, y que, dejando de
examinar sus afectos interiores, se imaginen que son humildes y
amorosos, sin que lo sean en realidad, lo cual se conoce, porque, a
pesar de su ceremoniosa humildad y dulzura a la
menor palabra molesta que se les diga, a la menor injuria que reciban,
se yerguen con una arrogancia sin igual. Se dice que los que han tomado
el preservativo, vulgarmente llamado «gracia de San Pablo», no se
hinchan, aunque sean mordidos o picados por la víbora, con tal que la
«gracia» sea de buena calidad. De la misma manera, cuando la humildad y
la dulzura son buenas y verdaderas, nos inmunizan contra la hinchazón y
contra el ardor que las injurias suelen provocar en nuestros corazones.
Y, si después de haber sido picados o mordidos por los maldicientes o
por los enemigos, nos sentimos alterados, hinchados o despechados, señal
es de que nuestra humildad y amabilidad no son verdaderas y francas,
sino artificiosas y aparentes.
Aquel santo e ilustre
patriarca José, cuando envió a sus hermanos de Egipto a la casa de su,
padre, sólo les hizo esta advertencia: «No os enojéis por el camino». Lo
mismo te digo, Filotea: esta miserable vida no es más que un camino
hacia la bienaventuranza; no nos enojemos, pues, los unos con los otros,
en este camino; andemos siempre agrupados con nuestros hermanos y
compañeros, dulcemente, pacíficamente, amigablemente. Advierte que te
digo con toda claridad y sin excepción alguna, que, a ser posible, no te
enojes nunca, ni tomes pretexto alguno, sea cual fuere, para abrir la
puerta de tu corazón a la ira, porque dice Santiago, sin ambages ni
reservas, que «la ira del hombre no obra la justicia de Dios».
Es menester, ciertamente, oponerse al mal y reprimir los vicios de
los que están bajo nuestro cuidado, con constancia y con tesón, pero
dulce y suavemente. Nada sosiega tanto al elefante airado como la vista
de un corderito, ni nada para con más facilidad el golpe de los
cañonazos como la lana. La corrección que procede de la pasión, aunque
vaya acompañada de la razón, nunca es tan bien recibida como la que no
tiene otro origen que la razón sola; porque el alma racional, por estar
naturalmente sujeta a la razón, sólo se sujeta a la pasión por la
tiranía, por lo cual, cuando la razón anda acompañada de la pasión, se
hace odiosa, pues su justo dominio queda envilecido al asociarse con la
tiranía. Los príncipes honran y consuelan infinitamente a los Pueblos
cuando los visitan en son de paz, pero cuando llegan al frente de los
ejércitos, aunque sea para el bien público, su presencia siempre es
desagradable y dañosa, porque, por más que se esfuercen en hacer
observar exactamente´ la disciplina militar entre los soldados, nunca
pueden, empero, evitar algún desorden, por el que los hombres de bien
son atropellados. Así, cuando reina la razón y ejecuta serenamente los
castigos, las correcciones y las reprensiones, aunque lo haga con rigor
y exactitud, todos la aprecian y la aprueban; pero cuando va acompañada
de la ira, de la cólera y enojo, que, como dice San Agustín, son sus
soldados, se hace más espantosa que amable, su propio corazón queda
siempre pisoteado y maltratado: «Vale más, dice el mismo santo
escribiendo a Profuturo, cerrar las puertas a la ira justa y equitativa,
que abrírselas, por insignificante que sea, porque, una vez ha entrado,
es difícil hacerla salir, ya que entra como pequeño retoño y, en un
momento, crece y se convierte en tronco». Si el enojo puede llegar a la
noche y el sol se pone sobre nuestra ira (cosa que el Apóstol prohíbe),
se convierte en odio, y casi no hay manera de deshacerse de ella, porque
se alimenta de mil persuasiones falsas, ya que jamás el hombre
airado cree que sea injusta su ira.
Es, pues, mejor
esforzarse a saber vivir sin ira que querer emplearla con moderación y
prudencia, y, cuando, por imperfección o debilidad, nos vemos
sorprendidos por la misma, es preferible rechazarla enseguida a querer
pactar con ella, pues por poco cumplimiento que se le dé, se hace dueña
de la plaza, y hace como la serpiente, que, con facilidad, logra meter
todo el cuerpo allí donde ha podido meter la cabeza. Pero me dirás:
¿cómo la rechazaré? Es preciso, Filotea, que, al advertir el primer
resentimiento, reúnas tus fuerzas con presteza, pero sin brusquedad ni
ímpetu, sino dulce y seriamente a la vez; porque, así como en los
senados y en los parlamentos, meten más ruido los oficiales gritando: «
¡ Silencio! », que aquellos a los cuales quieren hacer callar, de la
misma manera, al querer reprimir nuestra ira con impetuosidad, se causa
en nuestro corazón más turbación de la que ella hubiera causado, y,
entretanto, el corazón, turbado de esta manera, no puede ser dueño de sí
mismo.
Después de este suave esfuerzo, practica el consejo que San
Agustín, cuando ya era viejo, daba al joven obispo Auxilio: «Haz, le
decía, lo que un hombre ha de hacer; que si te ocurre lo que el hombre
de Dios dice en el salmo: mi ojo he turbado con gran cólera, acudas a
Dios y exclames: ¡Señor, ten misericordia de mí, para que extienda su
mano y reprima tu enojo». Quiero decir que cuando nos veamos agitados
por la cólera, invoquemos el auxilio de Dios, a imitación, de los
Apóstoles cuando se vieron en peligro de zozobrar, por el viento y la
tempestad, en medio de las olas; pues Él mandará a nuestras pasiones que
se calmen, y se seguirá una gran bonanza. Pero te advierto que la
oración que se hace contra la ira impetuosa del momento, ha de ser suave
y tranquila, jamás violenta; cosa que es menester observar en
cualesquiera remedios que se empleen contra este mal. Después, enseguida
que te des cuenta de que has cometido un acto de cólera, repara la falta
con un acto de dulzura, hecho inmediatamente con respecto a aquella
persona contra la cual te hayas irritado. Porque, así como es un
excelente remedio contra la mentira, retractarse enseguida, así también
es un buen remedio contra la cólera repararla inmediatamente, con un
acto de amabilidad; porque, como suele decirse, las heridas se curan con
más facilidad cuando están frescas.
Además, cuando te sientas
sosegada y libre de cualquier motivo de ira, haz gran provisión de
dulzura y de bondad, diciendo todas las palabras y haciendo todas las
cosas, grandes y pequeñas, de la manera más suave que te sea posible,
recordando que la Esposa, en el Cantar de los Cantares, no sólo tiene la
miel en sus labios y en la punta de la lengua, sino también debajo de la
lengua, es decir, en el pecho, y no solamente tiene miel, sino también
leche, porque además de tener palabras dulces con el prójimo, conviene
tener dulce todo el pecho, es decir, todo el interior de nuestra alma. Y
es menester tener, no solamente la dulzura de la miel, que es aromática
y olorosa, es decir, la suavidad en el trato con los extraños, sino
también la dulzura de la leche con los familiares y con los más cercanos
a nosotros, contra lo cual faltan en gran manera aquellos que en la
calle parecen ángeles, y en casa parecen demonios.
Ave María Purísima
Cristiano Católico 18-12-2012 Año de la Fe
Vida Devota
Sea Bendita la Santa e Inmaculada Purísima Concepción de
la Santísima Virgen María